viernes, 31 de octubre de 2008

La rueda del tiempo



La rueda del tiempo (fragmento)
Carlos Castaneda


Esta serie de citas han sido especialmente se­leccionadas a partir de los ocho primeros libros que escribí sobre el mundo de los chamanes del México antiguo. Las citas proceden directamente de las explicaciones que, como antropólogo, recibí de mi maestro y mentor don Juan Matus, un chamán indio yaqui de México. Don Juan pertenecía a un linaje de chamanes cuyos orígenes se remon­taban hasta los chamanes que vivieron en México en tiempos antiguos.

Don Juan me introdujo a su mundo de la mane­ra más eficaz que pudo; un mundo que era, natural­mente, el de aquellos chamanes de la antigüedad. Don Juan estaba, por tanto, en una posición clave. Conocía la existencia de otro ámbito de la reali­dad, un ámbito que no era ni ilusorio ni producto de los caprichos de la fantasía. Para don Juan y para el resto de sus compañeros chamanes, que eran quince, el mundo de los chamanes de la antigüedad era tan real y pragmático como cualquier otra cosa.

Este libro empezó como un sencillo intento de recopilar una serie de descripciones, dichos e ideas procedentes de la sabiduría de aquellos chamanes, que podrían ser una interesante fuen­te para leer y pensar. Pero cuando el trabajo esta­ba en marcha se produjo un inesperado cambio de rumbo: me di cuenta de que las citas, en sí mis­mas, estaban imbuidas de un ímpetu extraordinario. Revelaban una línea encubierta de pensamiento que no se me había hecho evidente hasta entonces. A la vez que señalaban la dirección que habían seguido las explicaciones de don Juan durante los trece años en que me guió como aprendiz.

Las citas revelaban, mejor de lo que cualquier conceptualización podría hacerlo, una insospe­chada e invariable línea de acción que don Juan había seguido con el fin de fomentar y facilitar mi entrada en su mundo. Llegué a la certeza, más allá de toda especulación, de que si don Juan había seguido aquella línea, ése debía haber sido también el modo en que su propio maestro le había impulsa­do, a su vez, a entrar en el mundo de los chamanes.

La línea de acción de don Juan Matus consis­tía en un intento deliberado de empujarme hacia lo que, según decía, era un sistema cognitivo dife­rente. Cuando don Juan hablaba de sistema cognitivo, se refería a la definición usual de cognición, o sea: «los procesos responsables de la conciencia cotidiana, entre los que se cuentan la memoria, la experiencia, la percepción y el empleo experto de cualquier sintaxis dada». Lo que don Juan afirma­ba era que los chamanes del México antiguo po­seían en verdad un sistema cognitivo diferente al del hombre corriente.

Aplicando toda la lógica y todos los razona­mientos a mi alcance como estudiante de ciencias sociales, tuve que rechazar esta afirmación suya. Comenté a don Juan una y otra vez que lo que afirmaba era absurdo. Para mí se trataba, cuando menos, de una aberración intelectual.

Tomó trece años de duro trabajo, por su parte y por la mía, para hacer vacilar mi confianza en el sistema normal de cognición que nos hace com­prensible el mundo que nos rodea. Esta maniobra me llevó a un estado muy extraño: un estado de cuasi desconfianza en la, de otro modo, implícita aceptación de los procesos cognitivos de nuestro mundo cotidiano.

A1 cabo de trece años de duro asedio tuve que reconocer, contra mi voluntad, que don Juan Matus procedía en verdad desde otro punto de vista. En consecuencia, era cierto que los chamanes del México antiguo tenían un sistema de cognición diferente. El hecho de reconocerlo hizo arder todo mi ser. Me sentí un traidor. Me parecía que estaba proclamando la más horrenda de las he­rejías.

Cuando don Juan percibió que había vencido la peor de mis resistencias, me inculcó su perspec­tiva tan extensa y profundamente como pudo, y yo tuve que admitir sin reservas que en el mundo de los chamanes los practicantes de chamanismo juzgaban el mundo desde puntos de vista que son indescriptibles mediante nuestros recursos con­ceptuales. Por ejemplo, percibían la energía tal como fluye libremente en el universo, libre de las ataduras de la socialización y de la sintaxis, como pura energía vibratoria. A este acto lo llamaban ver.

El objetivo primordial de don Juan fue ayu­darme a percibir la energía tal como fluye en el universo. En el mundo de los chamanes, percibir la energía de esta manera es un primer paso imprescindible para adquirir una visión más global y más libre de un sistema cognitivo diferen­te. Don Juan utilizó otras extrañas unidades cog­nitivas con la finalidad de que yo, en respuesta, viera. Una de las más importantes era lo que él lla­maba recapitulación, que consistía en el escrutinio sistemático de la propia vida, fragmento a frag­mento; un examen que no se realiza a la luz de la crítica o de la búsqueda de defectos, sino a la luz de un esfuerzo por comprender la propia vida y de cambiar su rumbo. Don Juan afirmaba que cuan­do un practicante ha contemplado su vida con el desapego que requiere la recapitulación, ya no hay modo de que regrese a su antigua vida.

Ver la energía tal como fluye en el universo significaba, para don Juan, tener la capacidad de percibir al ser humano como un huevo luminoso o como una bola luminosa de energía, y ser capaz de distinguir en esa bola luminosa de energía ciertas características comunes a todos los hombres, tales como un punto brillante que se destaca en la ya de por sí brillante luminosidad de la bola de energía. Según los chamanes, era en ese punto brillante, al que llamaban punto de encaje, donde la percep­ción se ensamblaba o encajaba. Siguiendo la lógica de esta idea, podían afirmar que nuestra cognición del mundo se producía en ese punto brillante. Por extraño que parezca, don Juan Matus tenía razón, en el sentido de que eso es exactamente lo que sucede.

La percepción de los chamanes estaba sujeta, por tanto, a un proceso diferente al de la percep­ción del hombre corriente. Los chamanes asegura­ban que el hecho de percibir la energía directa­mente los conducía a lo que ellos calificaban de hecho energético. Llamaban hecho energético a una visión que era consecuencia de ver directa­mente la energía, y que les llevaba a conclusiones definitivas e irreductibles; no era posible desvir­tuarlas mediante la especulación o el intento de hacer que cupiera dentro de nuestro sistema de interpretación usual.

Don Juan decía que, para los chamanes de su linaje, uno de estos hechos energéticos era que definimos el mundo que nos rodea mediante pro­cesos cognitivos, y que tales procesos no son inal­terables; no vienen dados. Son una cuestión de aprendizaje, resultado de la práctica y el uso. Esta idea se extendía hasta otro hecho energético más: los procesos de la cognición usual son producto de nuestra formación, tan sólo eso.

Don Juan Matus sabía, sin rastro de duda, que lo que me contaba acerca del sistema cognitivo de los chamanes del México antiguo era una realidad. Entre otras cosas, don Juan era un nagual, lo que implicaba, según los practicantes de chamanismo, que era un líder nato, una persona capaz de perci­bir hechos energéticos sin detrimento de su bienes­tar personal. Estaba capacitado, por tanto, para guiar con éxito a sus semejantes por avenidas de pensamiento y de percepción imposibles de des­cribir.

Considerando todo lo que me había enseñado don Juan acerca de su mundo cognitivo, llegué a la conclusión, que era la conclusión que él mismo compartía, de que la unidad más importante de ese mundo era el concepto de intento. Para los cha­manes del México antiguo, el intento era una fuerza que podían visualizar cuando veían la energía tal como fluye en el universo. La consideraban una fuerza omnipresente que intervenía en todos los aspectos del tiempo y del espacio. Era lo que impulsaba todo. Pero lo que resultaba de valor inconcebible para aquellos chamanes era que el intento ‑una pura abstracción‑ estaba íntima­mente ligado al hombre. El hombre podía siempre manipularlo. Los antiguos chamanes de México se dieron cuenta de que el único modo de afectar esta fuerza era mediante un comportamiento impeca­ble. Sólo los practicantes más disciplinados po­dían lograr tal proeza.

Otra estupenda unidad de aquel extraño siste­ma cognitivo residía en la comprensión que tenían los chamanes acerca de los conceptos de tiempo y espacio, y el modo en que los utilizaban. Para ellos, el tiempo y el espacio no eran los mismos fenómenos que forman parte de nuestras vidas en virtud de constituir parte integral de nuestro siste­ma cognitivo normal. Para el hombre corriente, la definición clásica de tiempo es «un continuo no espacial en el que los eventos se producen en una sucesión aparentemente irreversible que va desde el pasado hacia el futuro a través del presente». Y el espacio se define como «la extensión infinita del campo tridimensional, dentro del cual existen las estrellas y las galaxias: el universo».

Para los chamanes del México antiguo, el tiem­po era algo así como un pensamiento; un pensamiento pensado por algo de tal magnitud que rebasaba toda comprensión. Su razonamiento lógico era que el hombre, siendo parte de ese pen­samiento pensado por fuerzas inconcebibles para su mente, todavía retenía un pequeño porcentaje de dicho pensamiento; un porcentaje que podía ser redimido bajo determinadas circunstancias de extraordinaria disciplina.

El espacio era, para aquellos chamanes, un ámbito abstracto de actividad. Lo llamaban el infinito y se referían a él como la suma total de los esfuerzos de todas las criaturas vivas. El espacio era, para ellos, más accesible, algo casi práctico. Era como si tuvieran un mayor porcentaje en la formulación abstracta del espacio. Según las versio­nes aportadas por don Juan, los chamanes del México antiguo nunca contemplaron el tiempo y el espacio como oscuras abstracciones tal como lo hacemos nosotros. Para ellos, tanto el tiempo como el espacio, si bien incomprensibles en sus formula­ciones, formaban parte integral del hombre.

Aquellos chamanes poseían otra unidad cogni­tiva, llamada la rueda del tiempo. Su manera de explicar la rueda del tiempo era decir que el tiem­po era como un túnel de longitud y anchura infinitas, un túnel con surcos reflectantes. Cada uno de los surcos era infinito, y había un número infi­nito de ellos. Los seres vivos eran compelidos, por la fuerza de la vida, a fijar sus miradas en uno de los surcos. Mirar sólo uno de los surcos implica­ba ser atrapados por él, vivir ese surco.

La meta final de un guerrero es la de enfocar, mediante un acto de profunda disciplina, su aten­ción inquebrantable en la rueda del tiempo con el fin de hacerla girar. Los guerreros que han logra­do hacer girar la rueda del tiempo son capaces de mirar en el interior de cualquier otro surco y extraer de él lo que deseen.

Al librarse de la fuerza hechizante que nos obliga a contemplar sólo uno de esos surcos, los guerreros pueden mirar en cualquiera de las dos direcciones: al tiempo cómo se acerca o cómo se aleja de ellos.

Vista de este modo, la rueda del tiempo cons­tituye una irresistible influencia que atraviesa las vidas de los guerreros y llega aún más allá, como sucede con las citas de este libro. Parecen hiladas por un resorte que tiene vida propia. Ese resorte, explicado según la cognición de los chamanes, es la rueda del tiempo.

Bajo el impacto de la rueda del tiempo, el fin de este libro se convirtió, pues, en algo que no formaba parte del plan original. Las citas se convir­tieron en el factor dominante, por sí mismas y en sí mismas, y la pauta que me impusieron fue la de mantenerme todo lo posible al espíritu con el que fueron transmitidas. Fueron transmitidas con un espíritu de frugalidad y de propósito definitivo.

Otra cosa que intenté hacer con las citas, sin éxito, fue organizarlas en una serie de categorías que facilitasen su lectura. Sin embargo, cualquier categorización resultaba insostenible. No había manera satisfactoria de establecer arbitrarias cate­gorías de significado en algo tan amorfo y tan vasto como es todo un mundo cognitivo.

Lo único que podía hacer era supeditarme a las citas y permitir que fueran ellas mismas las que crearan un esbozo del armazón constituido por los pensamientos y los sentimientos que los chama­nes del México antiguo tuvieron sobre la vida, la muerte, el universo y la energía. Las citas no sólo reflejan el modo en que aquellos chamanes conce­bían el universo, sino también los procesos de vivir y de coexistir en nuestro mundo. Y lo que es más importante todavía: señalan la posibilidad de manejar simultáneamente dos sistemas de cogni­ción sin detrimento de uno mismo.