martes, 18 de marzo de 2008

Urano. Las crisis uranianas


URANO
Las crisis uranianas

Howard Sasportas
“Los dioses del cambio”

¿Hacia dónde te encaminas?
Muchos miles de años se necesitan para despertar,
Pero ¿te despertarás por compasión?

Chistopher Fry

Parece como si las ideas eligiesen el momento en que han de nacer. El astrónomo francés Pierre Lamonnier (1715-1799) había avistado a Urano al menos en doce ocasiones diferentes, y sin embargo jamás sospechó que esa diminuta luz vacilante pudiera ser un planeta. Quizá se le hacía imposible concebir que la pulcra disposición del sistema solar, con sus siete cuerpos celestes que giran alrededor del Sol, pudiera ser de ninguna otra manera. Mal podía saber que el descalabro de los sistemas existentes era precisamente lo que llegaría a simbolizar Urano. El descubrimiento concreto de este planeta se atribuye a William Hershel (1738-1822), que el 26 de abril de 1781 comunicó su descubrimiento a la Real Sociedad de Astrónomos. Y es bien propio de Urano –el planeta asociado con la excentricidad y la sorpresa- que su descubridor no fuera, en su momento, un astrónomo profesional, sino un músico que por afición se había dedicado a mirar las estrellas.

Urano está dos veces más lejos del Sol que Saturno, y reconocerlo en su condición de planeta significó duplicar la extensión del sistema solar. La existencia de Urano. Además, dio cuenta de ciertas excentricidades inexplicables en las órbitas de los planetas conocidos, un misterio que desde hace algún tiempo intrigaba a los astrónomos.

Desde el comienzo mismo, Urano se dedicó a romper las reglas, con poca consideración por el esquema cosmológico tradicional. Y, tal como lo pide la sincronicidad, planeó con sagacidad su entrada en escena, de modo tal que coincidiera con tres importantes revoluciones sociales encaminadas también a perturbar el orden de las cosas. Tanto en la revolución francesa como en la norteamericana, los oprimidos se levantaron para desafiar el status quo y la autoridad existente. Y con Urano se produjo también el advenimiento de la revolución industrial: la aparición de nuevos e importantes avances científicos, tecnológicos y en el campo de las comunicaciones, que habrían de alterar en forma drástica el diseño de la vida sobre la Tierra.

En un nivel personal, un tránsito de Urano se asocia con el cambio y la ruptura, y con una fase en nuestra vida en que algo nuevo –algo “excéntrico”- necesita irrumpir en la conciencia. Son momentos para ser curioso y para experimentar, períodos en que se pueden intentar cosas nuevas y en que hay riesgos que correr. En ocasiones optamos conscientemente por hacer esos cambios; otras veces nos parece que nos fueran impuestos por acontecimientos externos. En todo caso, Urano se empeña en ponernos en contacto con partes inexploradas de nuestra naturaleza. Allí donde, en aras de la seguridad, nos hemos anquilosado en nuestra manera de ser, Urano nos avisa que estamos preparados para emanciparnos de las rutinas y las pautas que son demasiado rígidas o nos limitan en exceso. Nos guste o no, Urano es el despertador que nos arranca bruscamente de nuestro sueño y nos hace abrir los ojos a un nuevo día. Algunas personas saltan del lecho, ansiosas de embarcarse en aquello que las espera; otras vuelven a taparse la cabeza con las sábanas y no quieren enterarse de nada.

Urano en la mitología

No es mucho lo que se nos dice sobre Urano en la mitología, pero el mito principal referente a esta deidad nos ayuda a aclarar el significado de los tránsitos del planeta. En la mitología griega, a Urano le tocó un papel clave en la saga de la creación. En el comienzo era el Caos, del cual nació Gaia (o Gea), la Tierra Madre. Después, Gaia dio a luz a Urano, que aunque fuera su hijo, se convirtió también en su pareja y amante. Gaia tenía el control de la Tierra, en tanto que Urano, el primer dios del cielo, regía los cielos estrellados y el vasto espacio ilimitado. Ya podemos ver que Urano no era un principio terrestre: estaba casado con uno, pero él, personalmente, estaba asociado con el aéreo ámbito de las visiones y los ideales, no con los aspectos prácticos y mundanales de la existencia cotidiana. Noche tras noche, los cielos estrellados (Urano) descendían a yacer sobre la Tierra (Gaia), y como resultado, ambos produjeron un surtido de hijos bastante estrafalario. Primero fueron los Titanes, una raza de gigantes de los que se cree que fueron los progenitores de la raza humana. Después vinieron los Cíclopes y otros monstruos diversos, algunos con un centenar de brazos y cincuenta cabezas.

A Urano no le complacían mucho los hijos que engendraba; los encontraba feos, toscos y deformes, en nada semejantes a lo que el había soñado para su progenie. En vez de admitirlos en la existencia, volvía a meterlos uno por uno en el vientre de Gaia, una manera poética de expresar que los desterraba al submundo del inconsciente y les vedaba toda expresión vital (lo mismo que hacemos todos con las partes de nosotros mismos que no nos gustan).

En su mente, Urano tenía una imagen o visión ideal de cómo debían ser sus hijos, pero una vez que nacían, no estaban a la altura de sus expectativas. De modo similar, cuando las personas que nacen con un elemento uraniano fuerte en su carta intentan convertir una visión en una realidad concreta, es frecuente que el resultado los decepcione. Quizá tengan, por ejemplo, una imagen de lo que sería su relación ideal, pero cuando consiguen establecer una unión, la realidad está muy lejos de sus esperanzas. No se sabe por qué, la relación no concuerda con el concepto que tenían en su mente, de modo que la destruyen y vuelven a emprender la búsqueda continua de una que satisfaga su ideal. O bien la persona uraniana puede idear un sistema político perfecto, que sin embargo cuando lo lleva a la práctica no le funciona, de modo que lo abandona para orientarse hacia otro. Los tipos fuertemente uranianos dejan tras de sí una estela de proyectos a medio terminar, y a veces se da una situación paralela cuando Urano transita por nuestra carta: nos sentimos descontentos e inquietos con los asuntos de la casa o de la esfera de la vida que en ese momento está afectado por Urano. Queremos alterar o reorganizar ese dominio de nuestra existencia, y nos dejamos tentar por cualquier cosa que nos prometa alto mejor que lo que ya tenemos.

No es de asombrarse que a la Tierra Madre no le regocijara mucho que Urano le volviera a meter toda su progenie en el vientre, de modo que se vengó: construyó una hoz de acero e imploró a sus hijos que algunos de ellos castrara a su padre. El hijo menor, Cronos (Saturno), exhibiendo ya su característico sentido de la responsabilidad, se ofreció para la tarea. Aquella noche Urano descendió, como siempre, y en el preciso instante en que estaba por tenderse sobre Gaia, Cronos seccionó los órganos genitales de su padre y los arrojó al mar.

Tal como Cronos castró a Urano, astrológicamente Saturno amputa el impulso creativo y la potencia de Urano. Esta imagen sintetiza una guerra básica que existe en toda psique humana: una necesidad saturnina de mantenimiento y preservación que entra en conflicto con nuestro anhelo uraniano de alteración, variedad y cambio. Una parte de nosotros prefiere mantener las cosas como están (el principio de homeostasis), en tanto que otra quiere seguir creciendo y desarrollándose. Saturno construye, conserva y rinde honores a lo conocido y probado; Urano, en nombre del progreso, quiere demoler para dejar lugar a algo nuevo.

El dilema Saturno-Urano

Un mito es algo que jamás sucedió, pero que siempre está sucediendo. Psicológicamente, Saturno castra a Urano cada vez que hay fuerzas de resistencia (a veces externas, a veces internas, a veces de ambas clases) que nos impiden emprender una acción o tomar una nueva dirección. Podemos bloquear a Urano por muy diversas razones: el sentido del deber, un compromiso o una responsabilidad, o también una necesidad básica de seguridad, unida al miedo de lo desconocido. Si rendimos homenaje a Saturno, nos detenemos y nos quedamos inmóviles, pero la necesidad uraniana de cambio sigue estando ahí, escondida y soterrada.

El mito nos presenta claramente las consecuencias de que Cronos castrase a Urano. Unas gotas de la sangre del miembro amputado cayeron al suelo (el útero de Gaia) y dieron nacimiento a las Furias, cuyos nombres (Alecto, Tisífone y Mégera) se traducen como envidia, venganza y odio. Si bloqueamos o reprimimos los cambios que nos pide Urano, entonces nacen las Furias dentro de nosotros. Exteriormente podemos mantener bien firme la tapadera, pero por dentro bullimos de resentimiento hacia aquellos por quienes nos sentimos restringidos, y de envidia hacia quienes están en libertad de progresar mientras que nosotros permanecemos estancados. Y, lo sepamos o no, es posible que estemos también enojados con nosotros mismos. Urano exigen que emprendamos la acción, pero cuando no permitimos que esto suceda, la energía que se habría dedicado a hacer cambios en nuestra vida ahora no tiene adónde ir, de modo que se vuelve sobre sí misma y, en forma de enfermedad, ataca al cuerpo. O bien se incuba peligrosamente en la psique hasta que termina por hacer erupción, a veces en forma de trastornos nervioso. O en todo caso, es tanta la energía que necesitamos para mantener soterrado a Urano que nos queda muy poca para vivir. No es nada extraño, pues, que terminemos cansados, apáticos y deprimidos. Los tránsitos de Urano no se asocian generalmente con estados de depresión, enfermedad o fatiga, pero en el caso de que se presenten reacciones así durante un tránsito importante de este planeta, eso quiere decir que estamos bloqueando algo dentro de nosotros que necesita salir y expresarse.

Supongamos, sin embargo, que decidimos obedecer nuestros impulsos uranianos y desbaratar la estructura de nuestra vida en aras de algo nuevo. O dicho de otra manera ¿qué sucede si Saturno no consigue un éxito total en su empresa? Se lanza contra Urano, pero falla el golpe, y Urano, ileso aunque pierda unas gotas de sangre, sigue alegremente su camino, pero… ahora es Saturno quien está encolerizado. Si, fieles al espíritu uraniano, nos enfrentamos con el status quo o con el orden establecido, quizá nos encontramos con que las Furias se abaten vociferando sobre nosotros, por obra de quienes se sienten amenazados por nuestros actos de “rebelión”. Como hemos liberado nuestros impulsos uranianos, su energía ya no bulle en nuestro interior. Ahora las Furias no nacen dentro de nosotros, sino que en cambio nos atacan desde el exterior.

Esa clase de inversión no es rara en casos como la ruptura de una relación. Hice la carta de una mujer que tenía relaciones con un hombre desde hacía varios años, pero que a medida que Urano se acercaba lentamente a su Venus natal se sentía cada vez más descontenta. Tanto de maneras obvias como de otras más sutiles, su compañero la hacía sentir inadecuada, al mismo tiempo que no apoyaba ninguno de los intentos de crecimiento personal de ella. Se oponía a que acudiese a clases nocturnas de astrología, mediante las cuales la mujer no solo esperaba saber más de sí misma, sino también adquirir unos conocimientos que más adelante podría usar en un nivel profesional. Incluso cuando Urano tránsito sobre su Venus natal y después volvió a hacerlo en movimiento retrógrado, ella mantuvo controlado su enojo con su pareja, aunque admitía que se sentía cada vez más frustrada con la relación. Las Furias estaban creciendo en su interior. Intentó hablar del problema con él, pero después de algún pequeño esfuerzo por cambiar de actitud, su compañero terminaba por volver a sus antiguas pautas. Cuando Urano, de nuevo en movimiento directo, estaba a punto de pasar por tercera vez sobre su Venus natal, la mujer ya no pudo seguir tolerando las limitaciones de la relación y terminó por irse del piso que ambos compartían.

Su reacción inmediata fue de alivio. Se sentía un poco triste por el fin de la relación, pero con todas las posibilidades nuevas que se abrían ante ella, no sentía gran remordimiento. Su vida se había vuelto interesante, y estaba segura de haber actuado bien. Las Furias ya no bullían dentro de mi clienta sino que, durante algunas semanas y meses después de haberse ido, la persiguieron por correo y la acosaron por teléfono, en forma de cartas y llamadas amenazadoras y coléricas del hombre a quien había dejado. En esta historia resulta obvio que las Furias siguen gozando de buena salud como en la antigua Grecia, y no sólo se mantienen increíblemente activas en los tribunales de pleitos matrimoniales del mundo entero, sino también en diversas oficinas gubernamentales, donde se las pone en movimiento contra todos los disidentes y rebeldes que amenazan al Estado.