martes, 16 de diciembre de 2008

Eros y Psique





Una de las primeras apariciones del amor, en el sentido estricto de la palabra, es el cuento de Eros y Psique (del libro de Apuleyo, El asno de oro o La metamorfosis). Eros, divinidad cruel y cuyas flechas no respetan ni a su madre ni al mismo Zeus, se enamora de una mortal, Psique. El alma de Psique se eleva progresivamente gracias al amor de Eros, de la condición mortal a la inmortalidad divina (La presencia del alma en esta historia de amor podría ser un eco platónico, y lo mismo que la búsqueda de la inmortalidad). Eros se enamora de una muchacha que es la personificación del alma más allá de su inconmensurable belleza física (recordemos: Psique en griego es alma). El amor es mutuo y correspondido: ninguno de los dos amantes es un objeto de contemplación para el otro; tampoco son gradas en la escala de la contemplación. Son innumerables las historias de dioses enamorados de mortales, pero en ninguno de esos amores -invariablemente sensuales- figura la atracción por el alma de la persona amada.

El cuento de Apuleyo anuncia una visión del amor destinada a cambiar, quizás, la historia espiritual de Occidente.

Apuleyo fue iniciado en los misterios de Isis y su novela termina con la aparición de la diosa y la redención de Lucio, que había sido transformado en asno para castigarlo por su curiosidad. La transgresión, el castigo y la redención son elementos constitutivos de la concepción occidental del amor (tema que también muestra Goethe en el Segundo Fausto, Wagner en Tristán e Isolda y Nerval en Aurelia)

Psique es castigada por su curiosidad -o sea, por ser la esclava y no la dueña de su deseo- y tiene que descender al palacio subterráneo de Plutón y Proserpina, reino de los muertos pero también de las raíces y los gérmenes: promesa de resurrección. Pasada la prueba, Psique vuelve a la luz y recobra a su amante: Eros el invisible al fin se manifiesta.

Este cuento tiene visos de amor realista: una suegra cruel (Venus), unas hermanas envidiosas (las de Psique), una prueba que tendrá que pasar la enamorada (bajar a los infiernos en busca de la cajita que contenía la hermosura). Finalmente Zeus dejará que los amantes vivan juntos, a pedido de Cupido locamente enamorado de Psique; será Hermes quien la raptará y la llevará a los cielos elevándola hacia la divinidad y la inmortalidad, para que viva con su amado y de a luz a una hija a la que llamarán Voluptuosidad.

LA FILOSOFIA DEL AMOR No es extraño que la filosofía del amor haya aparecido primero en Grecia. Esta se había desprendido muy pronto de la religión: el pensamiento griego comenzó con la crítica de los filósofos pre socráticos a los mitos; o sea, los pensadores griegos hicieron la crítica de los dioses desde la razón (no como los profetas hebreos que hicieron la critica de la sociedad desde la religión). Tampoco es extraño que el primer filósofo del amor, Platón, haya sido también un poeta: la historia de la poesía es inseparable de la del amor.

Aunque la concepción del alma es central en la filosofía del amor platónico, no lo es en el sentido que lo fue después en Provenza, en Dante y en Petrarca.

El amor de Platón no es el nuestro. Podría decirse incluso que quizás la suya no sea una filosofía del amor, sino una forma sublimada y sublime del erotismo. Para ver esto, podríamos buscar párrafos de los dos diálogos dedicados al amor, Fedro y el Banquete, y compararlos con otros grandes textos dedicados al mismo tema que nos han dejado la filosofía y la poesía.

El Banquete está compuesto por varios discursos o elogios del amor dichos por siete comensales. Un ejemplo: el de Aristófanes. Para explicar el misterio de la atracción de los seres, acude al mito del andrógino original. Los andróginos eran seres dobles, fuertes, inteligentes y quienes amenazaban a los dioses. Para someterlos, Zeus los dividió: desde entonces, las mitades separadas andan en busca de su mitad complementaria. Este mito nos hace reflexionar: ¿somos acaso seres incompletos y el deseo amoroso es perpetua sed de compleción?

Quizás la idea que sin el otro no seré yo mismo, tanto como el relato en que Eva nace de la costilla de Adán, son metáforas poéticas que sin explicar realmente nada, dicen todo lo que hay que decir del amor. De todas formas, el mito del andrógino, aunque bello, no toca aspectos fundamentales en el misterio del amor: la libertad de los amantes en la elección o la predestinación.

El centro de El Banquete es el discurso de Sócrates. Allí relata una conversación que él tuvo con una sabia sacerdotisa Diotima de Mantinea.

Diotima comienza diciendo que Eros no es ni un dios ni un hombre: es un demonio, un espíritu que vive entre los dioses y los mortales. Su misión es comunicar y unir a los seres vivos. Es hijo de Pobreza y de Abundancia y esto explica su naturaleza de intermediario: comunica a la luz con la sombra, al mundo sensible con las ideas. Como hijo de Pobreza, busca la riqueza; como hijo de Abundancia, reparte bienes. Es el que desea y pide, es el deseado que da.

En un determinado momento Diotima previene a Sócrates: el amor no es simple. Es un mixto compuesto por varios elementos unidos por el deseo. El amor es algo más que atracción por la belleza humana, sujeta al tiempo, la muerte y la corrupción. Todos los hombres desean lo mejor, dice Diotima, comenzando por lo que no tienen. Estamos contentos con nuestro cuerpo si nuestros miembros son sanos y ágiles, sino no vacilaríamos en deshecharlos para tener en su lugar los miembros de un atleta. ¿Qué logramos cuando alcanzamos aquello que deseamos? Nos sentimos felices. Los hombres aspiran a la felicidad y la quieren para siempre. El deseo de lo mejor se alía al deseo de tenerlo para siempre, pero los hombres padecen una carencia: son mortales. La aspiración a la inmortalidad, a perpetuarse, es común a todos.

El discurso de Diotima y los comentarios de Sócrates son una suerte de peregrinación. A medida que avanzamos, descubrimos nuevos aspectos del amor. Pero hay una parte escondida que no podemos ver con los ojos sino con el entendimiento. "Todo esto que te he revelado, dice Diotima a Sócrates- son los misterios menores del amor". Y luego le habla de los más altos y escondidos.

En la juventud nos atrae la belleza corporal y se ama a un cuerpo. Pero si lo que amamos es la hermosura por qué amarla nada más en un cuerpo y no en muchos?

Diotima vuelve a preguntar: ¿Si la hermosura está hecha en muchas formas y personas por qué no amarla en ella misma? ¿Y por qué no ir más allá de las formas y amar aquello que las hace hermosas: la idea?

Diotima ve al amor como una escala: abajo, el amor a un cuerpo hermoso; luego, a la hermosura de muchos cuerpos; después, a la hermosura misma; más tarde, al alma virtuosa; al fin, a la belleza incorpórea. Si el amor a la belleza es inseparable al deseo de inmortalidad, ¿cómo no participar en ella con la contemplación de las formas eternas?

La belleza, la verdad y el bien, son tres y son uno; son caras o aspectos de una misma realidad. Diotima concluye: "aquel que ha seguido el camino de la iniciación amorosa en el orden correcto, al llegar al fin percibirá súbitamente una hermosura maravillosa, causa final de todos nuestros esfuerzos... Una hermosura eterna, no engendrada, incorruptible y que no crece ni decrece". Una belleza entera, una, idéntica a sí misma, que no está hecha de partes como el cuerpo ni de razonamientos como el discurso.

El amor, entonces, es el camino, el ascenso, hacia esa hermosura: va del amor a un cuerpo solo al de dos o más; después, al de todas las formas hermosas y de ellas a las acciones virtuosas; de las acciones a las ideas y de las ideas a la absoluta hermosura. La vida del amante de esta clase de hermosura es la más alta que puede vivirse pues en ella "los ojos del entendimiento comulgan con la hermosura y el hombre procrea no imágenes ni simulacros de belleza sino realidades hermosas". Y éste es el camino de la inmortalidad.

¿Diotima habló realmente de amor?. ¿Podemos pensar que por amar un cuerpo hermoso deberíamos también amar a otros cuerpos que también son hermosos, como Diotima dice?

Diotima está hablando de algo muy distinto a lo que entendemos por amor. Para nosotros las condiciones de fidelidad y posesión son casi indispensables para hablar de amor. Diotima no habla de ello, no piensa en el sentimiento de aquel o aquella que amamos: los ve como simples escalones de ascenso hacia la contemplación.

¿Es diferente al Don Juan que amaba a todas las mujeres? Sí, lo es. Don Juan tiene una "carrera" en sus amoríos que es hacia abajo y termina en el infierno, mientras que la del amante platónico culmina en la contemplación de la idea.

Clr. Lidia Mantini