miércoles, 10 de septiembre de 2008

‑Ahora nosotros seremos otra vez polvo en el ca­mino ‑dijo don Genaro‑. Tal vez algún día otra vez vuelva a entrar en tus ojos.


"Relatos de poder"
Carlos Castaneda
(fragmento)


Don Genaro se levantó y vino a acuclillarse junto a don Juan; por un momento ambos nos escrutaron con fijeza, luego tomaron asiento al unísono, cru­zando las piernas.

‑Solamente si uno ama a esta tierra con pasión in­flexible puede uno librarse de la tristeza -dijo don Juan‑. Un guerrero siempre está alegre porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala cosas inconcebibles. La tristeza pertenece sólo a esos que odian al mismo ser que les da asilo.

Don Juan volvió a acariciar el suelo con ternura.

‑Este ser hermoso, que está vivo hasta sus últimos resquicios y comprende cada sentimiento, me dio cari­ño, me curó de mis dolores, y finalmente, cuando en­tendí todo mi cariño por él, me enseñó lo que es la libertad.

Hizo una pausa. El silencio en torno era atemori­zante. El viento silbaba suavemente, y luego oí el ladrido lejano de un perro solitario.

‑Escuchen ese ladrido ‑prosiguió don Juan-. ­Ése es el modo en que mi amada tierra me ayuda a darles esta última lección. Ese ladrido es la cosa más triste que uno puede oír.

Guardamos silencio un rato. El ladrar de aquel perro solitario era tan triste, y la quietud en torno tan intensa, que experimenté una angustia adorme­cedora. Pensaba en mi propia vida, mi tristeza, el no saber dónde ir, qué hacer.

‑El ladrido de ese perro es la voz nocturna de un hombre ‑dijo don Juan‑. Viene de una casa en ese valle hacia el sur. Un hombre grita a través de su perro, pues ambos son esclavos compañeros de por vida, su tristeza, su aburrimiento. Está rogando a su muerte que venga y lo libre de las torpes y som­brías cadenas de su vida.

Las palabras de don Juan habían entroncado en forma inquietante con mi línea de pensamiento. Sentí que me hablaba directamente.

‑Ese ladrido, y la soledad que crea, hablan de los sentimientos de los hombres ‑prosiguió‑. Hombres para los que toda una vida fue como una tarde de domingo, una tarde que no fue del todo mala, pero sí calurosa, y aburrida, y pesada. Sudaron y se fasti­diaron más de la medida. No sabían a dónde ir ni qué hacer. Esa tarde les dejó solamente el recuerdo del tedio y de pequeñas molestias, y de pronto se acabó; de pronto ya era noche.

Volvió a narrar una historia que yo le conté alguna vez acerca de un hombre de setenta y dos años, que­joso de que su vida había sido tan breve que su niñez parecía haber ocurrido apenas el día anterior. Ese hombre me había dicho: "Recuerdo los piyamas que solía ponerme a los diez años. Parece que sólo ha pasado un día. ¿A dónde se fue el tiempo?"

‑El contraveneno de eso está aquí ‑dijo don Juan, acariciando la tierra‑. La explicación de los brujos no puede en modo alguno liberar el espíritu. Ahí están ustedes dos. Han llegado a la explicación de los brujos, pero no tiene ninguna importancia el que la sepan. Están más solos que nunca, porque sin un cariño constante por el ser que les da asilo, la soledad es desolación.

"Solamente amando a este ser espléndido se puede dar libertad al espíritu del guerrero; y la libertad es alegría, eficiencia, y abandono frente a cualquier embate del destino. Ésa es la última lección. Siempre se deja para el último momento, para el momento de desolación suprema en el que un hombre se en­frenta a su muerte y a su soledad. Sólo entonces tiene sentido."

Don Juan y don Genaro se pusieron de pie; esti­raron los brazos y arquearon la espalda, como si el estar sentados hubiera entiesado sus cuerpos. Mi cora­zón empezó a golpetear con rapidez. Los dos hicieron que Pablito y yo nos levantáramos.

‑El crepúsculo es la raja entre los mundos -dijo don Juan‑. Es la puerta a lo desconocido.

Indicó con un amplio ademán la meseta donde nos hallábamos.

‑Ésta es la planicie frente a esa puerta.

Señaló entonces el filo norte de la meseta.

‑Allí está la puerta. Más allá hay un abismo, y más allá de ese abismo está lo desconocido.

Después don Juan y don Genaro se volvieron hacia Pablito y le dijeron adiós. Los ojos de Pablito estaban dilatados y fijos; por sus mejillas rodaban abundan­tes lágrimas.

Oí la voz de don Genaro diciéndome adiós, pero no oí la de don Juan.

Don Juan y don Genaro se acercaron a Pablito y susurraron brevemente en sus oídos. Luego vinie­ron hacia mí. Pero antes de que susurraran nada, yo ya tenla la peculiar sensación de estar partido.

‑Ahora nosotros seremos otra vez polvo en el ca­mino ‑dijo don Genaro‑. Tal vez algún día otra vez vuelva a entrar en tus ojos.

Don Juan y don Genaro retrocedieron y parecieron perderse en la oscuridad. Pablito me tomó del ante­brazo y nos dijimos adiós. Entonces un extraño im­pulso, una fuerza, me hizo correr con él hacia el filo norte de la meseta. Sentí que su brazo me sos­tenía cuando saltamos, y luego quedé solo.