martes, 10 de marzo de 2009

EL SEXTO PALACIO


EL SEXTO PALACIO

Robert Silverberg

(fragmentos)




Bem Azai se consideró digno y se detuvo ante el portal del sexto palacio, y vio el esplendor etéreo de las placas de mármol. Abrió la boca y dijo dos veces: “!Agua, agua!”. En un abrir y cerrar de ojos fue decapitado y le arrojaron once mil planchas de hierro. Esta será una advertencia para todas las generaciones, de que nadie debe errar en el portal del sexto palacio.


Hekalotb El Menor





Estaba el tesoro, y también estaba el guardián del tesoro; y los huesos blanquecinos de los que habían intentado inútilmente apoderarse de él. En cierto modo, hasta los huesos habían embellecido, tirados allí, a un lado de la cámara del tesoro, bajo el resplandeciente arco de los cielos. El tesoro embellecía todas las cosas que lo rodeaban… incluso los blanco huesos, incluso al severo guardián.

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No había joyas. Ni aburridos trozos de los así llamados metales preciosos. Las riquezas del tesoro no eran intrínsecas; ningún vándalo pensaría en fundir el tesoro para vaciarlo en burdos lingotes. Allí había esculturas en filigrana de hierro que parecían moverse y respirar. Placas grabadas del más puro plomo que nublaban la mente y el corazón. Sutiles tallas de granito que provenían de los talleres de un mundo gélido, situado a medio pársec de ninguna parte. Una variedad de ópalos que ardían con una luz interior y formaban artísticas curvas luminiscentes. Una hélice de madera con los colores del arco iris. Una serie de tiras óseas de algún animal, plegadas y biseladas de manera que el dibujo se volvía borroso y quizá lindaba con un continuum de otra dimensión. Conchas hábilmente esculpidas, una dentro de otra, que disminuían hasta el infinito. Hojas bruñidas de árboles sin nombre. Guijarros pulidos de playas desconocidas. Un despliegue de maravillas que provocaban el vértigo y cubrían unos cincuenta metros cuadrados, desparramados más allá del portal en asombrosa profusión.

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Lipescu ordenó: -Apártate.

La réplica del robot tuvo un matiz sorprendentemente humano, aunque carecía de cualquier tono distintivo:

-Lo que guardo no debe ser tocado.

-Yo tengo derecho a tomarlo -afirmó Lipescu.

-Otros dijeron lo mismo, pero su derecho no era auténtico. El tuyo tampoco. No me quitaré.

-Ponme a prueba –pidió Lipescu-. ¡Juzga si tengo derecho o no!

-Solamente mi amo puede pasar.

-¿Quién es tu amo? ¡Yo soy tu amo!

-Mi amo es el que manda en mí. Y nadie puede gobernarme si demuestra ignorancia en mi presencia.

-Entonces, ponme a prueba –exigió Lipescu.

-El fracaso es castigado con la muerte.

-Ponme a prueba.

-El tesoro no te pertenece.

-Ponme a prueba y hazte a un lado.

-Tus huesos se reunirán con los demás.

-Ponme a prueba –volvió a pedir Lipescu.

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Podía exigir la demostración de teoremas matemáticos. Podía demandar la traducción de palabras extrañas. Eso era lo que suponían, después de saber lo que había hechos fracasar a otros hombres. Y, aparentemente, una respuesta equivocada significaba la muerte instantánea.




Nota:


En el siguiente enlace se puede descargar un archivo con doce relatos, entre ellos "El sexto palacio", de Robert Silverberg:


http://www.megaupload.com/?d=HMC4RUHU